¿Los perfumes tienen género?
Recuerdo muy bien cuando empecé a perfumar a mis hijos cuando eran pequeños.
Como muchas mamás, disfrutaba muchísimo de ese pequeño ritual después del baño: un poco de crema, el pijama limpio… y una gotita de perfume. Había algo en ese momento que me encantaba. El perfume terminaba de cerrar la escena: el calorcito del baño, la piel limpia, el pelo suave, esa sensación de abrazo que queda flotando en el aire.
Al principio usaba fragancias suaves pensadas para niños. Pero con el tiempo me di cuenta de algo curioso: muchas veces terminaba eligiendo en ellos aromas frescos, limpios, cítricos o apenas amaderados, sin detenerme demasiado en si estaban etiquetados como “infantiles”, “femeninos” o “masculinos”. Simplemente me guiaba por una sola cosa: que olieran rico, que transmitieran limpieza y ternura, que acompañaran ese momento.
Y ahí apareció una pregunta que me sigue acompañando hasta hoy.
¿Realmente existe un perfume “para hombres”, “para mujeres” o incluso “para niños”?
¿O será que los aromas, en realidad, no tienen género?
Esa reflexión me hizo mirar la perfumería con otros ojos. Porque cuando empezamos a investigar un poco más, descubrimos algo muy interesante: la división entre fragancias masculinas y femeninas no siempre existió. De hecho, durante gran parte de la historia, los perfumes se usaban sin estas etiquetas que hoy nos parecen tan normales.
En este post quiero invitarte a recorrer conmigo la historia del género en la perfumería, entender cómo nacieron los perfumes sin género, qué papel jugó la publicidad en esta división y por qué cada vez más personas están volviendo a elegir sus fragancias con más libertad.
Perfumes sin género: una idea más antigua de lo que pensamos
Hoy hablamos de perfumes sin género como si fueran una tendencia nueva, moderna y hasta disruptiva. Y sí, en cierto sentido lo son, porque vuelven a poner sobre la mesa una discusión muy actual sobre identidad, consumo y libertad personal.
Pero al mismo tiempo, la idea de los perfumes sin género no tiene nada de nueva.
Durante siglos, los perfumes no se clasificaban como masculinos o femeninos. Eran simplemente perfumes. Se valoraban por su aroma, por la calidad de sus materias primas, por su sofisticación o por el estatus que daban, pero no por estar destinados a un género específico.
Esto, que hoy puede parecer llamativo, fue durante muchísimo tiempo lo más natural del mundo.
En los orígenes de la perfumería, los perfumes no tenían género
Si miramos hacia atrás en la historia, encontramos que el uso del perfume acompañó a la humanidad desde la Antigüedad. En Egipto, por ejemplo, tanto hombres como mujeres utilizaban aceites aromáticos, ungüentos perfumados y resinas olorosas. El perfume estaba ligado a lo ritual, a lo sagrado, al cuidado del cuerpo y también al placer.
En Grecia y en Roma sucedía algo parecido. Los perfumes eran parte de la vida cotidiana, del baño, de las celebraciones, de la seducción e incluso de la medicina. Las mismas sustancias olorosas podían ser utilizadas por hombres y mujeres, nobles o plebeyos, sin que existiera una clasificación rígida basada en el género.
Más adelante, en Medio Oriente y en la tradición árabe, la perfumería siguió desarrollándose con una enorme riqueza de ingredientes: almizcle, ámbar, rosa, oud, especias, resinas, cítricos. Y nuevamente, no había una frontera tan clara entre lo que hoy llamaríamos un perfume masculino o femenino.
Durante gran parte de la historia de la perfumería, el perf
ume se elegía por gusto, por disponibilidad, por costumbre o por prestigio, pero no por una idea cerrada de género.
Entonces, ¿por qué hoy asociamos ciertos aromas a hombres y otros a mujeres?
En la perfumería moderna, esta división parece completamente instalada.
Lavanda, maderas, cuero, notas herbales, vetiver o musgo de roble suelen percibirse como masculinos.
Flores blancas, rosa, frutas, vainilla, caramelo o notas más dulces suelen considerarse femeninas.
Pero hay algo importante que conviene aclarar.
No existe ningún factor biológico que haga que hombres y mujeres perciban los perfumes de forma diferente.
Nuestro sistema olfativo funciona del mismo modo. No hay una base biológica sólida que justifique que una nota floral sea “para mujeres” o que una nota amaderada sea “para hombres”. Lo que sí existe es una construcción cultural muy fuerte, reforzada durante décadas por la publicidad, el diseño de producto, la moda y los discursos sociales sobre lo masculino y lo femenino.
Es decir: muchas de las asociaciones que hacemos con los perfumes son aprendidas.
La perfumería del siglo XX y el nacimiento de los perfumes masculinos
La gran división entre perfumes masculinos y femeninos empieza a consolidarse recién en el siglo XX, y sobre todo a partir de la segunda mitad del siglo.
Antes ya existían ciertos hábitos o preferencias, claro. Había notas más presentes en las aguas de colonia masculinas, por ejemplo. Pero no había todavía una segmentación tan marcada como la que conocemos hoy.
El gran cambio llega cuando la industria del consumo empieza a volverse más precisa, más segmentada y más agresiva desde el punto de vista publicitario. Después de la Segunda Guerra Mundial, las marcas comienzan a hablarle de forma mucho más específica a públicos definidos: mujeres, hombres, amas de casa, ejecutivos, jóvenes, etcétera.
Y la perfumería no se quedó afuera de ese movimiento.
Durante los años 50 empiezan a aparecer fragancias comercializadas claramente para hombres, con una identidad propia y una narrativa muy marcada. En ese contexto, notas como la lavanda, las maderas, el vetiver y ciertos acordes aromáticos o secos pasan a formar parte del imaginario masculino.
No porque los hombres las percibieran de una manera distinta.
Sino porque el mercado decidió asociarlas con una idea de masculinidad.
Publicidad, cultura y estereotipos: cómo se construyó el género en los perfumes
Este punto es clave para entender el auge actual de los perfumes sin género.
La división entre perfumes masculinos y femeninos no nació de una verdad olfativa. Nació, en gran medida, del marketing.
La publicidad necesitaba ordenar el mercado, crear categorías claras y facilitar el consumo. Era más fácil vender si se podía decir:
“Esto es para vos.”
“Esto no.”
Así se instalaron convenciones que todavía hoy pesan muchísimo. A los hombres se les ofrecieron perfumes sobrios, secos, verdes, amaderados, especiados. A las mujeres, composiciones florales, frutales, empolvadas, dulces o sensuales.
Con el tiempo, esta segmentación dejó de ser solo una estrategia comercial para convertirse en una convención social. Y cuando algo se vuelve convención social, escaparle no siempre es tan fácil.
Nos pasa incluso a quienes amamos explorar perfumes.
Mi experiencia personal con los perfumes “masculinos”
En lo personal, muchas veces traté de usar perfumes considerados masculinos para probarlos con más tiempo, entenderlos mejor o hacer reseñas.
Y aunque hay varios que me encantan olfativamente, debo admitir que a veces siento que me invaden mucho y que no terminan de ir conmigo. No necesariamente porque huelan mal. Todo lo contrario. Muchas veces me parecen bellísimos. Pero igual siento cierta distancia.
Eso siempre me resulta interesante, porque muestra hasta qué punto estas ideas están metidas en nosotros.
Es increíble lo fuerte que pueden ser las construcciones culturales.
Y esto no significa que no podamos salir de ellas. Significa, simplemente, que no siempre es automático. A veces hay que desaprender mucho para volver a elegir con libertad.
Los años 70 y el camino paralelo de las fragancias unisex
Mientras la segmentación de género se fortalecía en muchos mercados, en paralelo comenzó a gestarse una corriente totalmente distinta.
En Europa, especialmente desde los años 70, fueron apareciendo fragancias más ligeras, cítricas, aromáticas, luminosas, que evitaban marcar un género de manera tan evidente. Muchas de estas composiciones giraban alrededor del formato “Eau de…”, con un perfil fresco, limpio y muy fácil de usar.
Eran perfumes que se alejaban un poco de la opulencia de otras décadas y apostaban por una sensación más universal.
En otras palabras: eran, en espíritu, perfumes sin género.
Tal vez en ese momento no se usara tanto esa expresión, pero el concepto ya estaba ahí.
El gran punto de inflexión: el éxito de los perfumes sin género en los 90
Si hubo una década que marcó de verdad el despegue de los perfumes sin género, esa fue la del 90.
Y si hubo un lanzamiento que terminó de instalar esta idea en la cultura popular, fue sin dudas CK One.
El éxito de esta fragancia no se debió solo a su olor fresco, limpio y versátil. También fue clave su concepto.
CK One se presentó como un perfume para todos.
Y eso no solo se veía en la fórmula. Se veía también en el frasco, en la estética, en la campaña, en el mensaje completo.
Fue un ejemplo muy potente de cómo un perfume puede estar bien formulado a nivel olfativo, pero también muy bien conceptualizado a nivel visual y cultural.
Desde entonces, el universo de los perfumes sin género no dejó de crecer.
Qué define a los perfumes sin género
Acá hay algo importante: los perfumes sin género no pertenecen a una sola familia olfativa.
No significa necesariamente que tengan que ser cítricos o frescos. Aunque muchas veces ese tipo de perfumes fueron los más fáciles de instalar como unisex.
Hoy un perfume sin género puede ser:
- cítrico y luminoso,
- amaderado y seco,
- verde y herbal,
- almizclado y limpio,
- ambarado y envolvente,
- o incluso gourmand, si está pensado desde una propuesta abierta.
Lo que vuelve unisex a una fragancia no es solo la fórmula. También importa cómo se la presenta, cómo se la comunica y cómo la recibe el público.
Perfumes sin género y perfumería nicho
La perfumería nicho tuvo un rol enorme en este cambio.
Durante años, muchas marcas de nicho prefirieron hablar menos de género y más de materias primas, conceptos, paisajes, emociones o ideas abstractas.
En ese universo, un perfume puede oler a bosque húmedo, a biblioteca antigua, a ropa limpia, a incienso, a piel tibia o a mandarina con té negro… sin necesidad de ser encajado en masculino o femenino.
Eso abrió muchísimo el juego.
Y ayudó a que muchas personas se permitieran probar cosas que antes descartaban solo por la etiqueta.
¿Cómo elegir perfumes sin género sin perderte en el camino?
Si querés empezar a explorar el mundo de los perfumes sin género, mi consejo es simple: en lugar de mirar primero la etiqueta, mirá la familia olfativa, las notas y, sobre todo, cómo te hace sentir esa fragancia.
Podés hacerte preguntas como estas:
- ¿Me gusta que huela limpio, fresco y liviano?
- ¿Prefiero algo más amaderado y seco?
- ¿Busco una estela suave o algo con más presencia?
- ¿Quiero un perfume para todos los días o para ocasiones especiales?
Cuando corrés la idea de género del centro, aparecen otras preguntas mucho más útiles y mucho más personales.
Y ahí la búsqueda se vuelve más interesante.
Si te gusta explorar distintas formas de usar tus fragancias según tu momento, tu estilo o tu estado de ánimo, quizás también te interese leer Uno o varios perfumes, donde reflexiono sobre si necesitamos una sola firma olfativa o una colección que nos acompañe en distintas etapas.
Y si sentís que un aroma que antes amabas ya no te representa tanto, te recomiendo este otro post: Cómo cambiar tu perfume de cabecera.
El género en los perfumes infantiles: una pregunta que también vale la pena hacerse
Volviendo a esa imagen del comienzo, la de perfumar a mis hijos después del baño, hay algo que me sigue pareciendo hermoso de esa experiencia.
Los chicos todavía no tienen tan rígidamente instalada esta idea de qué aroma corresponde a qué género. Son los adultos quienes solemos trasladar esas categorías.
Por eso me gusta tanto pensar que, al menos en la infancia, todavía queda más espacio para elegir desde la ternura, desde la limpieza, desde el gusto puro por un aroma que nos hace bien.
Y quizás ahí haya una enseñanza para todos.
Antes de preguntarnos para quién fue diseñado un perfume, podríamos preguntarnos algo mucho más simple:
¿Me gusta?
¿Me acompaña?
¿Me hace sentir bien?
Entonces, ¿los perfumes tienen género?
Si lo pensamos desde lo biológico, no.
Si lo pensamos desde la historia larga de la perfumería, tampoco.
Si lo pensamos desde la cultura contemporánea, la respuesta es más compleja, porque durante décadas aprendimos a leer los perfumes dentro de un sistema de códigos muy marcado.
Pero justamente por eso me parece tan valioso el auge de los perfumes sin género.
Porque no solo amplían la oferta.
También nos invitan a volver a una pregunta más honesta.
No “qué debería usar yo”.
Sino “qué me gusta de verdad”.
El verdadero lujo: elegir con libertad
Al final del día, la perfumería debería ser un espacio de disfrute, de juego, de memoria y de identidad.
Un perfume puede hacernos sentir más fuertes, más livianas, más elegantes, más abrazadas. Puede acompañarnos en una etapa, traernos un recuerdo o ayudarnos a construir una presencia.
Y nada de eso depende realmente del género que figura en la caja.
Por eso, cada vez que alguien me pregunta si un perfume es para hombres o para mujeres, vuelvo casi siempre a lo mismo.
Si te gusta, si te representa, si te hace feliz… entonces es para vos.
Y quizás esa sea la mejor forma de entender hoy a los perfumes sin género: no como una moda pasajera, sino como una invitación a elegir con más libertad.



