El perfume de tu madre: una historia que se cuenta con el olfato
Hay aromas que no sólo perfuman: cuentan quiénes fuimos, quiénes somos y hacia dónde queremos ir. El perfume de tu madre, ese primero que recordás sin pensarlo, tal vez sea el más poderoso de todos.
Si le preguntás a diez personas por su relación con las fragancias, nueve van a mencionar, sin dudar, el perfume de su madre. A veces aparece con nombre y apellido; otras, como un aura difícil de explicar. Lo cierto es que ese primer recuerdo olfativo se convierte, sin que lo notemos, en una brújula íntima. Para mí, hablar del perfume de tu madre es hablar de identidad: de aquello que un aroma guarda, del modo en que nos abraza, y de cómo nos enseña, en silencio, a leer el mundo con la nariz.
En el consultorio olfativo —como me gusta decirle a las charlas con clientas y amigos— se repite una escena entrañable. “A mi mamá le encantaban los dulces: vainilla, praliné, caramelo; yo en cambio soy de los cítricos frescos”. Esa comparación tierna, casi un juego, delata algo profundo: crecemos entre aromas y, por contraste o por imitación, vamos armando nuestro mapa sensorial. A veces seguimos el rastro de ese perfume materno que nos hacía sentir a salvo; otras, elegimos el reverso: lo opuesto que nos vuelve propios.
También están quienes buscan, con una emoción que te estruja el pecho, la fragancia exacta que usaba su mamá o su abuela: la necesitan para reencontrar un abrazo, para ponerle perfume a un recuerdo que no quieren perder. Me escriben: “Gime, ¿conseguís tal colonia? Era la de ella, la extraño tanto”. Y entonces recuerdo por qué amo tanto este oficio: porque un frasco puede ser una foto invisible, una carta sin palabras, un viaje en el tiempo que no caduca.

En mi historia, el perfume de mi madre tiene otra forma. Mi mamá no tenía “su” perfume de todos los días ni un ícono de tocador. Mi recuerdo más nítido es el aroma de la ropa limpia secada al sol. Nada más sencillo —y más difícil de replicar— que esa mezcla tibia de algodón, viento y luz. Me hace sonreír pensar que hoy, en pleno furor del “skin-like” y de lo minimalista, tantos perfumistas se pasen horas buscando ese gesto puro: la caricia de lo cotidiano.
Quizás, por esa ausencia de firma olfativa, aprendí a oler el mundo sin filtros. De chica, olía todo (¡hasta las piedras, che!). Y mis hijos heredaron la manía: se acercan, preguntan, comparan. La curiosidad, ese motor precioso, también se educa con la nariz. Por eso, cuando viajo, suelo recordar el consejo de algunos grandes perfumistas: “en el camino, no uses perfume”. Es una herejía amable para quien ama perfumarse, pero funciona: te deja oler la ciudad, las estaciones, la lluvia en el asfalto, el pan de la mañana. Te deja recibir, sin interferencias, la nota propia de cada lugar.
Si el perfume de tu madre fue un clásico de tocador, posiblemente lo puedas volver a encontrar en alguna perfumería; si fue una colonia sencilla, como Heno de Pravia en el caso de mi abuela, tal vez te pase lo que a mí: ese verde limpio te devuelve, en un segundo, el patio, las manos, la risa. Alguna vez, mientras doblaba sábanas, me descubrí pensando: “debería comprar un frasco sólo para rociar la cama”. No para copiar el pasado, sino para agradecerlo.

Con el tiempo, fui entendiendo que esas memorias no compiten con lo nuevo: conviven. Hoy, en mi estudio —que es home office, bunker perfumístico y un pequeño laboratorio de ideas— conviven alrededor de ochocientos perfumes, más esencias, pruebas, brumas, velas, sahumerios. Es un caos organizado de estelas, un atlas de olores. Y, sin embargo, cada tanto, un soplo a ropa limpia secada al sol me ordena el corazón.
A veces me preguntan: “¿Qué recordarán tus hijos de vos?”. Y me río, porque hay días en los que uso tres perfumes distintos, otros en los que juego al layering como una alquimista doméstica, y a la noche perfumo la cama con una bruma suave “para soñar lindo”. Tal vez, dentro de unos años, me lo cuenten: tal vez me recuerden por el jazmín sambac en verano, por una vainilla cremosa cuando baja la temperatura, o por ese acorde ambarado que me pongo para escribir cuando necesito foco.
En el trato diario con lectoras y clientas, aprendí algunos caminos para reconectar con ese perfume de tu madre que querés volver a sentir. El primero es el de la memoria literal: buscar la fragancia exacta —si sigue fabricándose— o una interpretación fiel en el mercado actual. El segundo es el de la memoria sensorial: identificar la familia olfativa (florales, amaderados, especiados, cítricos, gourmand) y salir a encontrar un perfume que respire el mismo espíritu. El tercero, más libre, es elegir aquello que ese perfume te hacía sentir (cobijo, fuerza, frescura, luz) y perfumarte con esa intención. Esa brújula nunca falla.
A todo esto, hay una verdad que me gusta repetir: nadie está obligado a amar el perfume que amó su madre. A veces lo contrario nos define con la misma fuerza. Tengo clientas que se hicieron “Team cítricos” justamente porque en casa todo era dulzura; otras que huyeron de las rosas para enamorarse de los verdes; y algunas que encontraron en los amaderados una especie de traje a medida. Así también se heredan —por coincidencia o contraste— las historias.
Lo hermoso de perfumarse es que es un ritual sencillo y a la vez profundo. Un gesto mínimo que puede acompañarte todo el día. Hay mañanas en que un cítrico chispeante te enciende; tardes en que una nota gourmand te abraza por dentro; noches que piden maderas secas y un poco de misterio. En ese abanico, el perfume de tu madre funciona como un faro: no te obliga a navegar hacia él, pero te recuerda de dónde venís cuando querés mirar atrás.
Muchas veces, cuando alguien entra a la tienda con la pregunta “¿tenés tal perfume?”, lo invito a jugar un rato con la memoria: ¿qué notabas primero? ¿la salida fresca, el corazón floral, el fondo cálido? A partir de ahí, la búsqueda se vuelve más amable. Tal vez el original no esté, pero hay parientes cercanos, “primos” que, al primer soplo, desatan el mismo recuerdo. Porque lo que buscamos, en el fondo, es esa sensación: la que nos peina el alma hacia el lugar donde fuimos felices.

Si llegaste hasta acá, quizás te tiente hacer una pequeña prueba. Cerrá los ojos y repetí, en voz baja, “el perfume de tu madre”. Dejá que aparezca la primera imagen, sin forzarla: una cocina a media tarde, el patio mojado, un gesto, una palabra. ¿A qué huele esa escena? ¿Qué notas se encienden primero? ¿Qué te gustaría volver a sentir hoy, en tu piel? No busques la copia perfecta: buscá el corazón de ese recuerdo. Ahí está tu respuesta.
Hace unos años decidí volcar todo este amor por los aromas en un proyecto que me transformó para siempre. No fue de un día para otro: fue un camino de estudio, práctica, nariz y corazón. Si te da curiosidad, te cuento ese proceso en esta nota: cómo me convertí en perfumista profesional. Tal vez te inspire a animarte a ese curso pendiente, a esa colección que querés ordenar, o a ese sueño que venís oliendo de lejos.
Me gusta pensar que, de algún modo, cada vez que elegimos un perfume estamos conversando con nuestra historia. A veces lo hacemos con palabras nuevas; otras, con el idioma de siempre. Sea cual sea tu camino, ojalá encuentres ese aroma que te abrace como entonces, o que te anime a escribir un capítulo distinto. Si te dan ganas, contame: ¿qué fragancia asociás con tu mamá o tu abuela? Me encanta leer esas historias que, de tan tuyas, se vuelven un poquito de todos.
Gracias por leer. Si este texto te movió algo, compartilo con quien necesite un abrazo en forma de perfume. 💌



